Un día ella le preguntó: «¿Y si un día dejas de quererme?»
Y él le tomó la mano y le dijo: «Por eso vamos a tener una regla… la regla del 2-2-2».
Esa regla es la razón por la que, años después, él todavía siente mariposas con solo verla.
Cada 2 semanas
Una cita.
Solos. Sin celular, sin distracciones. Solo ustedes dos, mirándose como cuando apenas se conocieron.
Porque el amor necesita que lo volteen a ver.
Cada 2 meses
Un fin de semana fuera.
Aunque sea sencillo, aunque sea cerca.
Lejos del trabajo, de los hijos, de la rutina que lo apaga todo.
Un par de días para volver a extrañarse… y a buscarse.
Cada 2 años
Un viaje de verdad.
Para reconectar. Para recordar quiénes eran antes de las cuentas, el cansancio y las preocupaciones.
Para volver a enamorarse de la misma persona.
Porque la verdad duele, pero hay que decirla:
El amor casi nunca se acaba de golpe. Se acaba de a poquito.
En las noches que ya no se hablan, en los abrazos que dejaron de darse, en el tiempo que le dieron a todo… menos a ellos.
Nadie busca a alguien más de un día para otro.
Primero empiezan a sentirse solos, aunque estén acompañados.
Por eso esta regla no es para controlar a nadie.
Es para que ninguno de los dos tenga que buscar afuera lo que dejó de encontrar en casa: atención, tiempo y esas mariposas que creían perdidas.
El amor no sobrevive solo con sentimientos.
Sobrevive con esfuerzo, con tiempo, con ganas de seguir eligiéndose.
Y quien te ama de verdad… va a querer cuidarlo contigo.
