Hay 3 personas que tienes que perdonar antes de que Dios pueda ayudarte.
Solo tres.
Y te voy a decir algo fuerte:
si llevas años pidiéndole a Dios que te cambie la vida y nada pasa…
quizá el problema no es Él.
Eres tú, que sigues cargando rencor.
Escúchame bien, porque la tercera es la más difícil de todas.
La primera: tus papás.
Perdónalos.
Por lo que hicieron y por lo que no hicieron.
Por lo que te dijeron y por lo que callaron.
Casi todas las heridas que cargas de adulto nacieron ahí, en algo que nunca pudiste soltar.
No tienes que estar de acuerdo con lo que pasó.
Solo suéltalo.
Perdónalos al cien.
La segunda: los que te fallaron.
Los que te traicionaron, los que te mintieron, los que se fueron cuando más los necesitabas.
Ya sé lo que estás pensando:
“Es que lo que me hicieron fue horrible”.
Y a lo mejor lo fue.
Pero escúchame bien:
el perdón no es para ellos.
Es para ti.
Para tu paz, para tu salud, para que dejes de revivir ese dolor cada noche.
Perdonar no es que ellos ganen…
es que tú por fin descanses.
Y la tercera, la más difícil: perdónate a ti.
Sí, a ti.
Por las decisiones tontas, por las veces que te traicionaste, por el tiempo que perdiste.
Todos la hemos regado.
Todos.
Si Dios ya te perdonó…
¿por qué tú no?
Perdónate al cien.
Porque Dios no puede llenar un corazón que sigue lleno de rencor.
Suéltalo y déjale el espacio para que te ayude.
Y si tú heriste a alguien, no esperes:
ve hoy y discúlpate.
Sígueme, que aquí le hablamos al corazón.
