Bukele lo hizo: cadena perpetua para violadores en El Salvador. Cualquier hombre que se atreva a abusar de una mujer, se irá de por vida a la cárcel. Sin excepción. Sin perdón. Sin segundas oportunidades.
El miedo cambió de bando. Las mujeres ya no tendrán miedo de salir de noche, de tomar un taxi, de caminar solas a su casa. Ahora los malditos violadores son los que tiemblan. Ahora son ellos los que se piensan dos veces antes de poner una mano encima.
La ley pasó con 59 votos a favor y solo uno en contra. Hoy, si alguien viola, se va a pudrir en la cárcel hasta el último día de su vida. Y la ley aplica también a menores desde los 12 años que cometan violación, homicidio o terrorismo. Porque un monstruo es un monstruo, sin importar la edad.
Y lo que más duele… lo que más rabia da… es que en otros países los delincuentes siguen viviendo con impunidad. Tienen más derechos que las víctimas. Salen a los 5, 10, 15 años. Vuelven a las calles. Vuelven a violar. Vuelven a matar. Y nadie hace nada.
Mientras una madre llora a su hija enterrada, el violador come tres veces al día con dinero del pueblo. Mientras una niña vive con trauma de por vida, su agresor sale en libertad condicional por «buena conducta». Mientras las mujeres marchan y gritan y exigen justicia, los gobiernos voltean la cara y firman acuerdos para soltar a más criminales.
En El Salvador, ya no. En El Salvador, despertaron.
El pueblo salvadoreño se cansó. Se cansaron de tener miedo. Se cansaron de enterrar a sus hijas. Se cansaron de que la ley protegiera al criminal y no a la víctima. Y tomaron la decisión que muchos gobiernos no se atreven a tomar, porque les da miedo perder votos, porque les preocupan más los «derechos humanos» del violador que la vida de la víctima.
Felicidades, El Salvador. Demostraron que sí se puede. Que no se trata de ser un país grande o rico, se trata de tener carácter para hacer lo correcto.
