Un niño que crece sin la presencia de su papá carga heridas que nadie ve.
Por fuera no se le notan…
pero por dentro le cambian la forma de querer, de confiar y hasta de verse a sí mismo.
Esto es lo que le pasa… y, sobre todo, lo que tú, mamá, puedes hacer para que no lo marque para siempre.
Pon atención, porque la última casi nadie la ve venir.
Uno: le cuesta manejar el enojo.
Sin un hombre que le enseñe a controlarlo, muchas veces aprende a tragárselo… o a explotar.
Qué puedes hacer:
enséñale a nombrar lo que siente.
Que sepa que enojarse está bien; lastimar, no.
Dos: aprende a callar su dolor.
Si nunca ve a un hombre pedir ayuda o mostrarse vulnerable, crece creyendo que “un hombre aguanta solo”.
Qué puedes hacer:
dile que pedir ayuda y llorar es de valientes, y que en casa siempre puede hablar.
Tres: no aprende cómo se trata a una mujer.
El papá suele ser el primer ejemplo de eso y, sin él, lo aprende de donde sea.
Qué puedes hacer:
rodéalo de hombres que te respeten —un tío, un abuelo, un maestro— para que vea que sí existen hombres buenos.
Cuatro: siente que tiene que ser “el hombre de la casa” antes de tiempo.
Carga un peso que no le toca.
Qué puedes hacer:
déjalo ser niño.
Tú eres la adulta; él no tiene que cuidarte a ti.
Y cinco, la que casi nadie ve:
en el fondo, a veces siente que algo en él hizo que su papá se fuera.
Que no fue suficiente.
Qué puedes hacer:
díselo claro, mirándolo a los ojos:
la ausencia de su papá no es su culpa.
Que lo amen no depende de ser perfecto.
Tu hijo no necesita un papá perfecto, ni una familia perfecta.
Te necesita a ti, presente y amándolo.
Y créeme:
con eso, basta para cambiarlo todo.
Comparte esto con esa mamá que lo está dando todo sola.
La imagen fue creada con fines ilustrativos y no corresponde a una fotografía real.
