Los hombres que arrancan carbón de las entrañas de la Tierra

Ciego. Aplastado. Respirando polvo. A mil metros bajo tierra, si algo se derrumba, nadie te va a escuchar gritar.
Así empieza el turno de este hombre. La lámpara del casco es la única luz que existe en su mundo por las próximas horas. El túnel es tan angosto que apenas cabe el vagón, y él tiene que agacharse para que la roca no le raspe la espalda.
El aire quema. Pesa. Sabe a tierra.
Un ruido puede ser una piedra que se suelta.
Un olor puede ser gas invisible que no perdona.
Una grieta diminuta puede convertirse en la razón por la que ya no vuelva a salir.
Y aun así, avanza.
Llega hasta el fondo y encuentra la veta: una pared negra escondida entre capas de piedra que lleva ahí 300 millones de años. No hay máquinas que lo hagan por él. Rompe la roca a golpes, separa cada fragmento con las manos, lo carga en el vagón. Cuando se llena, lo empuja por las vías hasta la salida.
Y vuelve a entrar. Otra vez a la oscuridad.
Lo que está sacando fue alguna vez un pantano lleno de árboles, enterrado bajo el lodo, transformado por millones de años de presión en la roca negra que hoy calienta ciudades enteras.
Sale de su turno cubierto de polvo de pies a cabeza. La cara, la ropa, las manos: todo negro.
Nosotros vemos una piedra.
Él sabe lo que cuesta cada gramo.
¿Tú aguantarías un solo turno ahí abajo?

